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Las más divertidas anécdotas y leyendas urbanas del mundo de los negocios

Detrás de un gran hombre de empresa no hay más que una persona. Con sus virtudes, defectos, grandezas y miserias.

02/10/2018
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Con frecuencia, la imagen de los empresarios o de los banqueros está envuelta en un halo de misterio o distanciamiento que los hace inexpugnables, inalcanzables, casi galácticos. Muchos ofrecen la imagen de hombres duros capaces de echar a la calle a la mitad de su plantilla para salvar la cuenta de resultados; otros, de tiburones voraces y capaces de hacer cualquier cosa con tal de cerrar un buen negocio.

Luego, traspasas ese velo, esa urna de cristal, y compruebas que hasta los más prominentes empresarios se comportan a menudo como niños; que los banqueros más poderosos tienen reacciones y comportamientos absolutamente terrenales; que los ricos también lloran y que los de arriba son como los de abajo, aunque tengan mucho más dinero.

El mundo de los grandes empresarios y de los altos ejecutivos es muy variopinto. Hay algunos que se creen los amos del mundo, personajes endiosados que no son conscientes de que tienen los pies de barro. Otros, que desde niños persiguieron ser los más ricos del mundo, ahora se relamen, o se lamentan, por haberlo conseguido.

Los hay que han sido capaces de crear grandes imperios y, sin embargo, mantienen la humildad de cuando eran botones o dependientes de una tienda de provincias. Los hay también capaces de volar muy alto y luego sucumbir por los instintos más bajos. Hay algunos que se mueren por la fama y la notoriedad y otros, al contrario, que se desviven por mantenerse en el absoluto anonimato; y hay empresarios-banqueros-padrazos que se van a las cinco a casa a disfrutar de su familia o les da por poner el nombre de sus hijos a los productos que inventan o fabrican. De esos hay bastantes.

No sabemos si los grandes empresarios y banqueros cometen muchas tonterías; lo que sí sabemos es que han protagonizado deliciosas anécdotas. En este reportaje hemos tratado de recopilar las más jugosas y divertidas.

El gran amor de Bill Gates

Hijo de un eminente abogado de Seattle y de una profesora (luego rectora) de la Universidad de Washington, al pequeño Bill y a su hermana los educaron en el esfuerzo y la recompensa. Así, por cada calificación A (equivalente a nuestro sobresaliente) sus padres les recompensaban con 25 centavos de los años sesenta.
 Bill casi nunca cobraba porque casi nunca aprobaba. De niños, la millonaria era su hermana y él era el raro de la familia. Tanto, que sus padres estaban continuamente llevándole a psicólogos para intentar corregir su carácter rebelde y hostil.
 Ya de adolescente, el joven Bill tenía problemas para relacionarse con las chicas y apenas contaba con un buen amigo: Paul Allen. Juntos se pasaban horas y horas frente al ordenador en el garaje de la casa de Bill. El primer buen negocio lo hicieron con tan sólo 17 años, cuando vendieron a su escuela, por 4.200 dólares, un programa informático que ellos mismos crearon.

Con los años vendría el primer amor, una joven llamada Ann Winblad. Aquella muchacha impactó tanto a Bill que, según se cuenta en una biografía no autorizada, pero tampoco desmentida, Bill Gates impuso a su actual mujer, Melinda French, una cláusula matrimonial según la cual podría pasar una semana al año con su primer amor.

El mono Merlín, experto bursátil

Hay una teoría aún curiosa , acuñada por Burton Malkiel en los años sesenta, sobre el éxito de la inversión en Bolsa: ganar o perder es sólo cuestión de suerte. Malkiel decía que si pusiéramos a un mono a tirar dardos sobre las páginas de Bolsa de un periódico, la cartera de valores elegida al azar podría ser tan rentable o más que la que pudiera confeccionar el más experto analista.
 En 1967, la revista Forbes quiso poner en práctica esa teoría. Supuestamente, un mono, al que llamaron Merlín, lanzó 28 dardos sobre las páginas de cotizaciones del New York Times. Invirtieron 1.000 dólares en cada uno de los 28 valores seleccionados al azar. Este juego de Bolsa lo mantuvieron durante 17 años. En 1984, cuando decidieron poner fin al juego, los 28.000 dólares iniciales se habían convertido en 131.697,61 dólares. Es decir, la cartera de Merlín había conseguido una rentabilidad del 370%, no superada por ninguna de las carteras de los gestores expertos.

El juego del mono Merlín fue luego continuado por The Wall Street Journal con idéntico resultado a favor del figurado primate. También un periódico español hizo el experimento y la cartera de Merlín se revalorizó casi el doble que la de los expertos.

La primera caja fuerte de Rockefeller

Jonh D. Rockefeller es todavía hoy el paradigma del capitalismo. Gracias al negocio del refinamiento de petróleo llegó a ser el hombre más rico y poderoso del planeta. Para que así constara, mandó construir el Rockefeller Center, el mayor rascacielos de la época, erigido en pleno corazón de Nueva York.

Rockefeller se inició en el mundo del petróleo sólo 22 años. Pero su forja como el hombre más rico del mundo comenzó mucho antes. Siendo todavía niño amasó una pequeña fortuna vendiendo entre sus compañeros de clase, en Cleveland, piedras de formas y colores distintos, que él mismo recolectaba cuando salía del colegio. Los centavos de aquellas ventas los iba guardando en un tazón de loza azul que, como él dijo, fue su “primera caja fuerte”. Muy pronto consiguió sumar 50 dólares, que prestó a un granjero vecino... a un interés del 7%. Aquel crédito, además de los intereses, le reportó una clave que luego aplicaría con éxito en sus negocios: “Decidí hacer trabajar al dinero en mi lugar”, reconoció cuando ya se sentaba en la cima del mundo.

El mundo fantástico de Walt Disney

Muchos piensan que Mickey Mouse fue para Walt Disney
 algo así como la gallina de los huevos de oro. No fue así.
 Para que el imperio Disney llegara a ser lo que es hoy tuvieron que pasar muchas vicisitudes. Sobre todo porque, en lo que a temas financieros se refiere, Walt Disney era bastante desastre. De hecho, durante la II Guerra Mundial estuvo a punto de arruinarse varias veces y tuvo que recurrir a un crédito del Bank of América que le llevó a morir endeudado y que sólo pudo ir pagando gracias al éxito de Blancanieves.Como todo mito, la vida de Disney –y hasta la muerte– se mueve entre la realidad y la leyenda. De él se dice que nació en Andalucía. Falso. Pero, sobre todo, se dice que fue crionizado a su muerte; es decir, fue congelado con la idea de resucitarlo cuando la ciencia lo permitiera. Quizá sea el bulo mejor guardado del mito de los dibujos animados.

La calderilla de Jack Welch

Durante muchos años, Jack Welch, el mítico presidente de la General Electric, lideró la clasificación de empresarios más admirados de EE UU. Pero la sucesión de escándalos empresariales de los noventa, un terremoto cuyo epicentro fue la quiebra de Enron, arrastró también a Welch, que se quedó con las vergüenzas al aire. Recién jubilado, no asumió demasiado bien su nueva condición y siguió pasando a la empresa las facturas de sus gastos personales. Se supo que sus comidas y cenas privadas en restaurantes, su cuota anual del club de golf, sus facturas de la peluquería, trajes, zapatos ¡y hasta sus compras en el supermercado! seguían corriendo a cargo de la GE. ¡Y todo ello a pesar del pastón que cobró cuando se retiró por su buena gestión!

Botín padre y los avales

De Emilio Botín II, se multiplican las anécdotas relacionadas con su carácter austero. Dicen que cuando las corbatas estaban gastadas, las mandaba llevar al sastre para que las diese la vuelta y así durasen algunos años más. Se dice también que iba todos los domingos a la catedral santanderina a oír misa, donde siempre el mismo mendigo le suplicaba: “Una limosna, don Emilio, por Dios”. El banquero hacía caso omiso hasta que un domingo al mendigo le dio por reforzar su súplica: “Una limosna, don Emilio, por Dios y por la Virgen”. “Ahora que tienes dos avalistas, toma”, le dijo. Y le entregó unas monedas.

Las corbatas de Emilio Botín

Tenía fama de frugal y disciplinado, sobre todo con horarios y hábitos. Siempre desayunaba una tortilla de una yema, algo de verdura y kiwis. Cuentan que en un viaje a EE UU llevaba unos cuantos que le fueron interceptados en el control de seguridad. Él dijo que no entendía qué mal podía hacer al país más poderoso del mundo introducir unos inofensivos kiwis. Finalmente, entregó los kiwis con la petición expresa de que se los guardaran para recogerlos a la vuelta.

Aparte de tomar una lata de sardinas casi a diario, todas sus corbatas eran rojas, el color corporativo del banco. En las reuniones, sus principales ejecutivos también lucían la corbata corporativa.

El quita y pon de Corcóstegui

Lo de usar corbata trajo de cabeza a Ángel Corcóstegui durante su corta etapa como vicepresidente y consejero delegado del Banco Santander Central Hispano. La revolución digital se hizo al grito de ¡fuera corbatas! Corcóstegui, en su papel de banquero con visión de futuro, acudía a todo foro empresarial que se preciara para proclamar que, inevitablemente, el futuro de la banca pasaba por Internet y justificar, de paso, la fortuna que el BSCH pagó por Patagon. Cuando iba a uno de esos foros, antes entraba a un saloncito contiguo y se quitaba la corbata. Pero, para seguir con su actividad de banquero, al salir se la volvía a poner. Y así, muchos días. Tantos que, un buen día, mientras se ajustaba de nuevo el nudo, se le oyó decir: “Lo que peor llevo de la nueva economía es pasarme el día quitándome y poniéndome la puñetera corbata”.

La fórmula y las formas de la Coca-Cola

Se dice que la fórmula de la Coca- Cola sólo la conocen dos personas que no pueden viajar juntas ni coincidir en el mismo lugar. Otra leyenda: que el diseñador de su botella clásica se inspiró en las curvas de Marilyn Monroe. En realidad es el fruto de un concurso de ideas celebrado en 1915, cuando Coca-Cola decidió vender la bebida embotellada. Antes se vendía de grifo. Dicen que el ganador se inspiró en un grano de cacao (creía que coca tenía algo que ver con cacao). Lo que sí es cierto es que gracias a la Coca-Cola hemos puesto cara a Santa Claus: un abuelo afable y gordinflón, con pantalón y casaca rojos y vivos blancos salió de la imaginación del dibujante H. Sundblom por encargo de la firma. La condición era que vistiera los colores corporativos.

La sociología del Big Mac

En 1986  la revista The Economist creó el llamado Índice Big Mac, una referencia para medir la evolución de las divisas (si está infra o sobrevalorada) y el nivel de desarrollo de los países del mundo, en función del precio de la famosa hamburguesa en aquellos países donde se consume. Se usa también para medir el nivel de vida ¿Cuántos minutos debes trabajar para comprarte un Big Mac?

Los divinos Post-it

El invento del Post-it fue una casualidad casi divina. Art Fry, un químico de 3M, los domingos cantaba en el coro de su iglesia. Para separar las páginas del libro de salmos utilizaba pedacitos de papel que, al abrir el libro, siempre acababan por el suelo. Y un día le llegó la inspiración. Se acordó de que Spencer Silver, un compañero de 3M, había inventado un pegamento tan flojo que no servía para pegar y fue desechado por 3M. Sin embargo, se despegaba con facilidad, sin dañar el papel y sin dejar restos. Fry comenzó a experimentar para aplicarlo a sus papelitos separadores y hacerlos autoadhesivos. El invento era ideal para separar las páginas de salmos y escribir notas.

Los hermanos Barbie y Kent

Otro producto genuinamente americano es la Barbie, la esbelta muñeca de melena rubia. Fue diseñada por Elliot Handler, fundador de Mattel, la empresa que las fabrica. Los toques femeninos los aportó su esposa Ruth. Como una familia bien avenida, pusieron a la cursi muñeca el nombre de su hija. Y para que todo quedara en familia, al novio de la Barbie le pusieron Ken, como su hijo. A partir de ahí, a la familia Handler 
era conocida como “los Barbies”. Cursi o no, la Barbie se convirtió en un fenómeno de masas.

Una Harley no pierde aceite

Richard Teerlink logró reflotar una marca mítica, la Harley Davidson, en profunda crisis. Sus modelos eran anticuados, sus motores imprecisos y su consumo y su precio elevados. Las japonesas Kawasaki, Honda o Yamaha casi acaban con un siglo de leyenda. Al preguntarle a Teerlink qué hizo para recuperar el esplendor de la marca, dijo: “Nuestros clientes son tipos como armarios, capaces de tatuarse nuestra marca en sus brazos como troncos de secuoyas. Con una presión así, ¿seríais capaces de venderles una motocicleta que perdiera aceite?”.

Daniel el primero

Otro empresario que tuvo la brillante idea de poner el nombre de su hijo a su producto fue Isaac Carusso. Él fue el creador del primer yogur español: el yogur Danone. Aunque hoy esta marca es propiedad es una multinacional francesa, Danone fue creada por Carusso en Barcelona allá por el año 1925.

El nombre nada tiene que ver con las características del producto en sí, sino que responde a que la forma en que familiarmente llamaban al hijo del fundador. El chiquitín se llamaba Daniel. Pero realmente el apelativo Danone era una contracción de dos palabras: Dan, que es el diminutivo de Daniel, y one, (uno, en inglés). Y era one porque el pequeño Daniel fue el primogénito; el hijo número uno.

Craig Barret y sus caballos

Llamar Pentium a un hijo puede ser muy fuerte. Y llamarle Celeron, una venganza. Como a Craig Barret, antiguo presidente del consejo de Intel, le parecía muy fuerte poner a su hijo el nombre del microprocesador más famoso de la compañía, decidió bautizar así a su caballo. Era “una alegoría a la velocidad del microprocesador”, contó el propio Barret. Lo peor es que el de su mujer se llama Celeron, que es el nombre de los procesadores de Intel para portátiles. Otra anécdota curiosa: paseando por una ciudad, Barret vio un centro de yoga que se llamaba Yoga Inside. Como Intel es Intel Inside, quiso demandar a la academia por usurpar la marca.

Mercedes, nombre de mujer

¿Un coche con el nombre de tu hija? Ya en 1880 Gottlieb Daimler y Carl Benz habían creado una fábrica de motores, convencidos del futuro de la propulsión por gasolina. A comienzos de siglo pasado, Daimler y Benz recibieron el encargo de Emil Jellinek, un empresario alemán afincado en Niza, de fabricar un nuevo concepto de automóvil, más ligero, más bajo, más ancho y, sobre todo, más potente (35 caballos). Jellinek se comprometió a adquirir 36 unidades de aquel nuevo coche, con dos condiciones: la primera, una concesión exclusiva para venderlos en el imperio austro-húngaro, Francia, Bélgica y EE UU. Y la segunda, la principal, que el nuevo automóvil se llamara Mercedes, como su hija. El Mercedes tuvo una aparición triunfal en 1901, en la semana de carreras en ruta que cada primavera se celebraba en Niza.

 
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