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Grandes fiascos de Silicom Valley (4) / Beepi: La incapacidad de adaptar la estructura a las fuertes ventas iniciales

Lo de Beepi, un servicio online de venta de coches de ocasión con sede en Mountain View (California), fue un visto y no visto.

Fernando Barciela | 12/04/2018
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La empresa fue fundada en abril de 2014, ese año facturaba ya cien millones de dólares. A finales de 2015, los clientes podían comprar sus coches, sobre los que cobraba una comisión del 9%, en 200 ciudades de Estados Unidos. Dos años después, sin embargo, a finales de
 2016, echaba el cierre.


La idea era excelente. Beepi
 fue la primera empresa en
 crear una web que permitía 
adquirir coches usados por 
Internet e incluso los entregaba gratis a los clientes en
 California y Arizona. Las primeras ventas, las de 2014,
 fueron tan fuertes que la
 galaxia de Silicon Valley le
 profetizaba un futuro similar
al de Uber o Google. Ese 
mismo año, el fundador, Ale 
Resnik, un argentino nacionalizado estadounidense, fue elegido Top Innovator por el MIT. Forbes incluyó a Beepi en su ranking de Next Billion Dollar Start Up. De hecho, la compañía llegó a estar valorada en esos años en mil millones de dólares y recaudó cerca de 150 millones en financiación del capital riesgo.
 Todo se desplomaría, sin embargo, a lo largo de 2016. El derrumbamiento fue tan rápido que a finales de ese año la compañía estaba vendiendo sólo 1.800 coches al año. Una insignificancia ya que la principal cadena de coches de ocasión de California vendía 100.000. La empresa, con 300 empleados (para tan poca tarea), 
se fue quedando sin dinero y a finales de año empezó a vender sus activos.


¿Qué fue lo que pasó? Según la mayor parte de los expertos, la empresa creció demasiado deprisa los dos primeros años. Los fundadores no fueron capaces de adaptar la estructura con la misma rapidez con que afluían los clientes y los fallos empezaron a multiplicarse y magnificarse. El boca a boca sobre los fallos se extendió viralmente y los clientes dejaron de entrar en
la web para comprar. En un determinado momento, la empresa, agobiada, empezó a no entregar los coches a tiempo, lo que llevó a muchos clientes a perder sus ‘registros temporales’. Cuando empezó a quedarse corta de fondos, Beepi sencillamente dejó de devolver el dinero a los usuarios de su servicio.
Lo asombroso es que, mientras la empresa se hundía y se quedaba sin fondos, los fundadores seguían gastando con generosidad. La plantilla seguía siendo excesiva, sin que nadie hiciera el menor movimiento para recortarla de modo contundente, y los sueldos y dietas de los ejecutivos, desorbitados. La alta dirección se gastaba decenas de miles de dólares en algo tan fútil como mobiliario para los despachos. Con unos ingresos de 15 millones, se gastaban 70. Desde fuera daban la impresión de ‘estar idos’. O esperar un milagro. En el sector se explica su actuación en base a que, una vez que las cosas se torcieron, su empeño era conseguir más dinero para arreglar el entuerto. A partir de un momento determinado dejaron de gestionar la empresa y se dedicaron a buscar nuevas rondas de financiación –que nunca llegaron– o a vender la compañía. En diciembre, tras la retirada de un inversor chino, Beepi cerró sus puertas.

 
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